Zarraluqui y su tertulia

 

Nada nuevo bajo el sol… En los remotos años 40 del siglo pasado, el jurista Luis Zarraluqui Villalba y un selecto grupo de amigos suyos, sobrevivientes de la escabechina bélica, dieron en reunirse periódicamente –primero en su casa y luego en una larga y variada lista de restaurantes madrileños- para, so pretexto de degustar un cocido, establecer los sólidos lazos de una amistad carpetovetónica. Una amistad, por tanto, fuerte, sincera e indestructible.

 

Las bajas que, por motivos biológicos, la tiranía del tiempo fue imponiendo, se fueron equilibrando con la adscripción de nuevos participantes. Y así, las tertulias que tenían lugar durante -y después de- la ritual ingesta del cocido fueron cobrando vida, creciendo en solidez y haciendo gloriosamente férreos los eslabones del afecto que –como siempre que el cocido es la aducida causa de la reunión- une a los que estomacalmente lo comparten. De la calidad intelectual y humana del número de privilegiados que tuvieron la ocasión de ser comensales asiduos de esos cocidos y, por ende, partícipes en las tertulias que les seguían, nada puedo añadir que no diga la relación misma de sus nombres. Léase atentamente el texto de la “Invitación” que encabeza el texto que hoy incorporamos, y dígaseme si no tengo razón : lo mejor y más florido de la intelectualidad mantuana de la época forma parte del rol.

 

En 1991, con ocasión del cincuentenario -¡ahí es nada!- de esta institución, el hijo del iniciador de estas reuniones, Luis Zarraluqui Sánchez-Eznarriaga, tuvo la feliz idea de publicar un conjunto de artículos escritos para la ocasión por un selectísimo grupo de quienes habían sido comensales asiduos. Y de lograr que, para amenizar la publicación, artistas de la talla de Sebastián Miranda, Antonio Mingote o Alvaro Delgado, realizaran retratos, bocetos o viñetas ilustrativas de las gentes que tomaban parte en las Tertulias. Y es esa publicación la que, cuando llegó a nuestro conocimiento, rogamos a nuestro amigo Luis que nos autorizara a reproducir en los mismos términos en que vió, en su momento, la luz.

 

La generosidad de nuestro amigo hizo posible el disfrute para ti, lector, de la lectura de esa publicación hasta hoy restringida al campo de lo estrictamente privado. Y esa generosidad resulta tanto mayor cuanto que, adormecida desde 2011 la actividad de esas Tertulias, sólo exigió como contraprestación que hiciéramos mención expresa de aquellos tertulianos que no se citan en la publicación por haberse incorporado al grupo con posterioridad. Es claro que cumplimos con gusto y con orgullo su exigencia pues se trata, ni más ni menos, de hombres de la talla de Sabino Fernández Campos, del Profesor Dr. Alberto Portera Sánchez, del actor y escritor Fernando Fernán Gómez, el periodista Francisco Giménez Alemán y el Académico Antonio Muñoz Molina.

 

Gracias, pues, a Luis Zarraluqui, y nuestro homenaje fraterno a quienes compartieron su devoción por la gloriosa dicotiledónea con nosotros. Ese continuum que subyace, “manque le pese” a las diferencias temporales entre nuestras dos asociaciones nos une de manera muy estrecha. Y a ti también, lector, habrá de unirte cuando te sumerjas en el entretenido paladeo de las páginas que te ofrecemos, hermanadas aquellas, cuando pinches aquí

 

 

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